jueves, 27 de septiembre de 2018

SIN MEMORIA. NO SOMOS ALEMANIA.

Alemania es como el vecino perfecto que siempre está en boca de nuestros padres como ejemplo de casi todo. Al final no es el más admirado sino el más odiado, aunque el pobre ni tenga la culpa ni sea perfecto.
No se trata de convertirnos en otra Alemania ni de que ellos no tengan que aprender nada de nosotros, pero creo que pueden ser un referente o al menos un elemento comparativo a la hora de mirar como gestionamos nuestro pasado y cómo lo han hecho ellos.
Acabada y perdida la guerra mundial los alemanes que compartían la ideología nazi y miembros del partido nacional socialista no desaparecieron, la mayoría siguió ejerciendo sus trabajos bajo la gestión aliada primero y en el restablecido gobierno alemán de 1949 después.
Sin embargo dos o tres décadas más tarde, tras un esfuerzo por no ocultar y por enseñar claramente a las nuevas generaciones su historia, la inmensa mayoría de los alemanes era consciente de los horrores que supuso el gobierno nazi desde 1933 hasta el final de la guerra y era firme su voluntad de que esta historia no se olvidara para que no fuese repetida.
En este contexto, a prácticamente ningún alemán le resulta llamativo que la simbología que pueda recordar el nazismo esté prohibida ni que los elementos que ensalzaban de alguna forma este período histórico desaparezcan. A todos les parece adecuado que sólo aquellos elementos que sirvan para no olvidar, aquellos que sirvan para que las nuevas generaciones tengan presente qué ocurrió en ese período histórico -el sufrimiento de la propia ciudadanía alemana, el genocidio y la destrucción que generó la ideología nacionalsocialista- se mantengan.
Aquí, pasados más de cuarenta años del final del franquismo, seguimos en disquisiciones inútiles sobre desenterramientos, fosas comunes, edificios y calles, en debates de opereta como el ducado de los Franco. Digo inútiles, porque la solución a todas estas cuestiones que se nos plantean en España no está en el tema concreto del nombre de una calle o similar, sino en una cuestión anterior y más profunda: que todavía en nuestro país hay quien encuentra motivos para justificar cuarenta años de dictadura con sus fusilamientos, exiliados y represión.
Mientras exista un número significativo de ciudadanos que se sienta agredido, ofendido o simplemente molesto porque se retiren símbolos que exaltan el franquismo, porque no se quiera tolerar organizaciones que reivindican la ideología franquista o incluso por algo tan humano como dar sepultura decente a los que reposan en fosas comunes, nuestra democracia convivirá con herederos de aquella época y correrá el peligro de cometer los mismos errores.
Podíamos aprender algunas cosas.
Se puede mantener para recordar y no para honrar.
Ocultar no soluciona, enquista. Alemania se tomó muy en serio la explicación de su historia sin paños calientes. Aquí la guerra civil, el franquismo y la transición son esos temas a los que nunca se llega en los programas de cada curso, los que en importancia quedan detrás de la Hispania romana o la reconquista.
Prohibir la exaltación del fascismo no es acabar con la libertad de expresión. No se puede esconder en esta libertad de expresión la voluntad de acabar con la libertad.
Dos cuestiones ineludibles. Primero, tenemos que ser conscientes de que la dictadura franquista fue un período oscuro de nuestra historia que tenemos que sacar a la luz. Segundo, los jóvenes tienen que conocer y aprender de ese período para que nunca se vean en una situación similar.
No somos Alemania. Tampoco podemos ser un país que décadas después es incapaz de dar luz a su historia y de mantener a parte de sus víctimas en fosas comunes. No podemos ser un país en el que quitar la estatua de un dictador genere un debate nacional. Y si lo somos, estamos condenados a repetir nuestra historia a que –como decía Machado-, una de las dos Españas vuelva a helarnos el corazón.


TIEMPO TRAIDOR

Para los que cuentan el año por sanfermines estamos en fechas de fin de año, en fechas de hacer valoraciones, renovar propósitos y de ser conscientes de que eso de “ya falta menos” es verdad. No es que para este tipo de cosas sea muy observador, pero sin darme cuenta, por la derecha y aprovechando el ángulo muerto, el tiempo –traidor- me ha adelantado a un paso imposible de seguir. Niños y adolescentes íbamos adelantados a su ritmo. Las semanas, los meses, los cursos trascurrían lentamente. Teníamos que sentarnos a esperarlo y aburridos por la espera tirábamos de él para acelerar la llegada de las próximas fiestas. No entendíamos cuando decían que un señor de sesenta años había muerto joven, y la época del racionamiento iba más o menos después de Felipe II. Más tarde y durante un largo período fuimos más o menos acompasados. Él traía nuevas músicas, nuevas ropas, nuevas costumbres, nuevas modas… y nosotros, manteniendo el ritmo las aceptábamos y las asumíamos como nuestras. Llegaron algunas señales. Los policías comenzaron a parecernos muy críos y los grupos que nos gustaban publicaban sus discos en recopilatorios para Navidad. Nos empezó a molestar que en los bares de toda la vida nos empujaran y que no pudiéramos estar hablando tranquilamente. Las nuevas músicas, las nuevas ropas, las nuevas costumbres, las nuevas modas… ya no iban con nosotros. Antes, eso de que “veinte años no es nada” nos parecía una exageración; ahora, casi estábamos de acuerdo. Y sin darnos cuenta, ya teníamos que estar buscando instituto para nuestros hijos. “Cuarenta es la vejez de la juventud, cincuenta es la juventud de la vejez” Victor Hugo. Resistiéndonos a ser realistas a veces parece que nuestra mente -joven como hace veinte años- está encerrada en un cuerpo que no es el nuestro. Pero, si aceptamos lo que se ve en el espejo, nos empezamos a dar cuenta que cuando contamos alguna historia, los más jóvenes nos miran con cara de “batallitas del abuelo”. Y el tiempo se hace más relativo que nunca. Las Navidades cada vez llegan antes, pasada la Virgen de agosto ya estamos sacando los abrigos y el hijo del vecino que hace nada jugaba en el parque ya está en la universidad. Nos acordamos perfectamente de aquella semana de “vacaciones” que nos dieron cuando murió Franco y lo que nosotros contamos ahora está más lejano en el tiempo que las historias de postguerra y estraperlo que nos contaban a nosotros. Adelantados a traición ahora las cosas cambian sin darnos tiempo a asimilarlas y sí, morirse con sesenta años es una muerte prematura. En este contexto podemos encerrarnos en aquello de que cualquier tiempo pasado fue mejor, aunque lo único verdadero es que cualquier tiempo pasado fue diferente. Hubo cosas mejores y peores. Nosotros decidimos y vamos decidiendo qué merece la pena conservar y que no. Los más jóvenes renuevan, aceptan o rechazan lo que nosotros vamos dejando en el camino. En ese proceso de cambio, de avance o progreso –aunque no siempre nos parezca ni tal avance ni tal progreso- podemos ser una “red de experiencia” al servicio de los más inexpertos o un lastre para los jóvenes que traen novedades. Podemos intentar extraer lo positivo de nuestra veteranía aplicable a este momento o convertirnos en el cascarrabias que refunfuña ante cualquier novedad y reniega de todo lo que le es desconocido. El tiempo fluye, transcurre, no existe la foto fija sino el desarrollo. Con él, el mundo en perpetuo cambio y nosotros inmersos en su seno. Imprudentes por impaciencia al principio e imprudentes por exceso de cautela al final. Jóvenes impacientes por comernos el mundo, mayores temerosos porque cambie la realidad en la que nos sentimos cómodos. Tiempo traidor que nos lo fiaba muy largo y que acelera progresivamente el final.

SAN FERMÍN SÍ, RESPONSABILIDAD COLECTIVA.

Si pasando la curva de Mercaderes, entrando en la Estafeta, la manada derrapa, a menudo algún animal queda descolgado y en su recorrido hacia la plaza es fácil que se cebe con algún mozo, una víctima fácil para un morlaco que le supera en fuerza, en envergadura y en instinto irracional. Los corredores de encierros no siguen como si nada hacia la plaza ni pasan mirando hacia otro lado, arriesgan su vida por salvar de las astas al compañero que se encuentra en una situación de indefensión. No son los Sanfermines una excepción, pero después del caso de esa otra manada de “morlacos”, superiores en fuerza, envergadura y en instintos irracionales, recuperar la fiesta y hacer de los Sanfermines un espacio en el que cualquier persona pueda moverse libre y sin miedo no es sólo una tarea institucional ni exclusivamente una obligación policial, es también una responsabilidad colectiva ya que estas situaciones tan graves tienen su base en comportamientos de acoso sexual que se produce en espacios públicos, en un espacio tan propio de nuestras fiestas. Yo propondría un objetivo, que los cinco metros cuadrados que nos rodean a cada uno, los establezcamos como “cinco metros libres de acoso y abusos”. Porque la pasividad de quienes son testigos de estos hechos o –lo que es peor- la participación como público que lo alienta, son aspectos frecuentes y fundamentales en situaciones de acoso que se producen en lugares públicos. La maldad de alentarlos es evidente. En cuanto a la pasividad, en general nos sentimos culpables de nuestros malos actos pero nos cuesta sentirnos culpables de los actos que no hemos realizado, el tradicional pecado de omisión que también en algunos casos -como la omisión de ayuda- es delito, pasa con frecuencia inadvertido a nuestra conciencia. ¿Qué podemos considerar acoso público o callejero? Toda práctica que ocurre en espacios públicos, que tiene el potencial de provocar malestar en la víctima y que posee carácter unidireccional. Es indiscutible que si algo tienen las fiestas de San Fermín es ser fiestas de calle, fiestas que se desarrollan en espacios públicos y que por ello, de alguna forma, nos hace a todos responsables de lo que en ese ámbito público ocurra. Por otra parte, el acoso es una situación que genera malestar. Sufrir acoso supone situarte en una situación de inseguridad, de inferioridad no sólo física, sino también en cuanto a tus derechos, a tu “ser persona” con capacidad de decisión. Supone generar sentimientos negativos como asco, culpa, miedo y supone condicionar comportamientos posteriores. Y por otra, es unidireccional. Que en un momento determinado alguien capte la atención de un extraño y éste pase a establecer algún tipo de relación con la otra persona, aunque en esa relación se incluyan proposiciones de tipo sexual, no quiere decir que exista acoso. La frontera entre lo que es acoso o no lo es, la establece que sea un acto unidireccional o unilateral, es decir, es acoso si no es un acto de comunicación o relación entre dos personas que voluntariamente así lo aceptan, es acoso si es un acto exclusivo de una parte que sin tener en cuenta los deseos de la otra toma iniciativas que coartan su libertad y que son por lo tanto violentas. Aunque el sistema judicial tiene razones que la persona media no entiende, creo que “las personas medias” tenemos el suficiente criterio como para discernir una situación de acoso de otra que no lo es. El lenguaje corporal, la invasión del espacio vital, el contacto físico rechazado, la presión de un grupo numeroso, las condiciones que pueden alterar la capacidad de decisión –borrachera-… son indicios como para ponernos en alerta en los cinco metros cuadrados que nos rodean.

jueves, 28 de junio de 2018

UN BARCO

Hagamos un experimento. Ponga en un platillo de la balanza a 629 personas que navegan en pateras y son rescatadas en mitad del Mediterráneo: 123 menores –algunos sin acompañar-, siete mujeres embarazadas, algunas personas que han sufrido torturas, otras que han sido víctimas de trata y otras con necesidades de protección internacional. Añádanle problemas de salud relacionados al menos con deshidratación, quemaduras de diferentes tipos y las consecuencias del hacinamiento.
Coloque en el otro platillo cualquier argumento, motivo o razón en contra de su acogimiento.
Y ahora, con nombre y apellidos –no opinando en la barra del bar o vomitando en las redes sociales- decida si los recibe en nuestro país o los abandona a su suerte en medio del mar.
Si ha elegido la segunda opción quizá esté muy orgulloso, pero en mi opinión tiene usted un problema grave. O carece de las más mínima empatía con otras personas –trastorno de conducta y personalidad tratado en psiquiatría-, o sufre de un exceso de egoísmo que dificulta sus relaciones personales -inmoderado y excesivo amor a sí mismo, que hace atender desmedidamente al propio interés, sin cuidarse del de los demás-, o “padece” de un nacionalismo radical que otorga derechos en función de en qué lado de la frontera se ha nacido o es víctima de la demagogia populista ultra que se basa en la manipulación y se alimenta de alguno de los trastornos anteriores.
Evidentemente es verdad que los países ricos no podemos traernos a todos los habitantes de los países pobres pero en este panorama, no sólo nos encontramos con el reto de hacer unas políticas que a medio plazo permitan vivir en los países de origen sin necesidad de estas emigraciones necesarias y suicidas, sino que al mismo tiempo nos encontramos con un flujo migratorio imparable que no va a esperar el desarrollo de esas políticas. Y es aquí donde necesitamos decisiones inmediatas.
El muro de Trump para separar Estados Unidos de México nos escandaliza, pero cada vez son más los muros que separan a Europa del resto.
La presidenta Merkel perdió muchos votos a favor de la ultraderecha alemana como castigo a su política de apertura a la emigración y ahora, dentro de su propio partido, recibe las críticas de los sectores mas conservadores. Los presidentes de Polonia y Hungría toman medidas anti inmigración y con Eslovaquia y República Checa se niegan a acoger la cuota de refugiados establecida por la Unión Europea. El italiano Matteo Salvini, ministro del interior y miembro del xenófobo partido La Liga, bloquea los puertos a los barcos con emigrantes. Malta dice que ese asunto no va con ellos aunque el Aquarius está a pocos kilómetros de su costa. Y Europa, como Unión, ni tiene una política propia ni es capaz de hacer que sus miembros asuman los compromisos prácticamente ridículos que ha adquirido: acoger a 120.000 personas en dos años en una población europea de 741 millones de personas.
Nos toca definir activamente qué Europa queremos. Nos guste o no, somos unos de los protagonistas de este momento histórico y tenemos que decidir con nuestros actos si la integración, la aceptación, la tolerancia o la aplicación y extensión de los Derechos Humanos son sólo conceptos que aceptamos sobre el papel y en los currículos escolares o los seguimos aplicando cuando exigen nuestro esfuerzo.
En una época en la que bueno se identifica con placentero y cómodo es difícil comprender que hacer lo bueno a veces nos lleva a una situación menos agradable y más incómoda.
Es hora que los valores europeos de los que siempre hemos presumido se hagan prácticos, de hacer todo lo posible para que dentro de unas décadas los libros de historia no hablen un gran retroceso ético en la Europa de comienzos del XXI.


FIN DE CURSO. ¡ENHORABUENA PADRES!

En fechas de fin de curso y sobre todo en los finales que suponen un cambio de se agolpan las graduaciones y felicitaciones a nuestros hijos por haber llegado hasta allí.
No vamos a quitarles mérito por sus horas de estudio pero, aunque está mal que yo parte implicada lo diga, no todo el mérito es suyo. Como sus padres que somos, hemos pasado etapas muy parecidas a las suyas y este final también es una llegada para nosotros.
En su vida escolar han padecido cambios importantes: de casa a la guardería o a infantil, de infantil a primaria, de primaria a secundaria y así sucesivamente. Cambios a los que han tenido que adaptarse a veces con gran esfuerzo.
Nosotros, fuimos dos al hospital y volvimos tres. Con la “decepción” de que no llegó ni con un pan debajo del brazo ni con un manual de instrucciones. Tuvimos que aprender que se puede vivir sin dormir y que una pequeña diferencia del agudo, el grave o el vibrato de su lloro era la diferencia entre tengo hambre, calor, frío, cacas o sólo quiero tomarte el pelo y salir de la cuna.
Nuestros hijos están ahora nerviosos pensando que estudios van a seguir y si les llegará la nota para entrar en lo que les gusta. Nosotros, hicimos también nuestras cábalas y pasamos nuestros nervios esperando si el punto por proximidad o familia numerosa nos llevaba al centro de al lado de casa o a otro media hora más allá.
Tuvimos -como ellos con sus estudios- que organizar nuestros turnos de trabajo para llevarlos al cole, a inglés, hacer la compra mientras está en inglés, tú los recoges y los llevas a natación, el viernes tenemos pediatra, ¡cómo que el viernes si te dije que cambié el turno!, pues llama a tu madre a ver si puede que yo imposible…
Y cuando ya todo se iba calmando nos llegó esa enfermedad necesaria, larga y dura: la adolescencia.
Tuvimos que aprender a convivir con un individuo parecido a nuestro hijo pero que siempre decía que no, refunfuñaba por todo y hacía justo lo contrario de lo que tú decías.
Años duros en los que tuvimos que aceptar cuestiones fundamentales. Primero, que éramos los peores padres del mundo: los que menos dejaban salir, los que les compraban el móvil más barato y los que menos datos les ponían. Segundo –y más grave- que un día, así de repente, nosotros, cuarentones jóvenes y modernos nos dimos cuenta que nos habíamos convertido en nuestros propios padres cuando nos escuchamos diciendo aquella maldita frase que nos habíamos jurado no decir jamás: “mientras estés en mi casa harás lo que yo diga” o su variante, “porque lo digo yo y basta”. Y tercero, porque muy a nuestro pensar y con gran remordimiento de conciencia uno de esos días especialmente guerreros en los que nosotros estábamos especialmente cansados deseamos tener el ticket del Corte Inglés para devolverlos.
Es verdad que tampoco tenemos que hacernos los mártires porque las satisfacciones también nos llegaron. Y también es verdad que no hace falta mucho para que nos sintamos satisfechos.
Cuando comienzan a decir “papá” “mamá” se nos olvidan las horas que no hemos dormido, sus primeros rayujos en un folio los colgamos en el frigorífico como si fuera un Picasso, nos quedamos absortos mirando como pone los gomets rojos en el triángulo y los azules en el círculo, y cuando empieza con la flauta y todo el mundo escucha sonidos asonantes y desagradables nosotros escuchamos como mucho algún desafine, pero con estilo.
Nuestros hijos en cada etapa salen un poco más al mundo. Al de verdad, al real, al que está más allá de las cuatro paredes de casa y del centro escolar, y nuestra mayor aportación a su felicidad son los recursos con los que los hemos dotado para moverse por él, para solucionar problemas en lugar de crearlos, para tener su personalidad… en definitiva, para construir su propia vida.