Estoy en uno de esos grupos de wassap con ocho amigos, grupo en el que nos ponemos en contacto de vez en cuando para alguna broma, pero mayormente para cosas serías como quedar a tomar un café. A veces miras el grupo, te encuentras veinte o treinta mensajes y los pasas sin leer porque no tienes tiempo para tanta conversación sobre asuntos poco importantes.
No hace mucho me llamarón, “no has ido al funeral del hermano de Arturo” ¿funeral?. Entre esas dos o tres decenas de mensajes tipo “a qué hora bajas” “a las ocho con el perro”… Arturo había puesto un mensaje: “mi hermano ha fallecido”.
El exceso de información me había convertido en una persona desinformada. Esta es una de las paradojas de nuestro tiempo.
Uno de los problemas de la sociedad de la información es la gran desinformación en la que vivimos. Desinformación consustancial a un sistema que nos pone delante de un volumen tal de noticias y datos que somos incapaces de discriminar. Pero desinformación también provocada que aprovecha este sistema para, de forma consciente y buscada, desinformar y manipular creando infinidad de noticias intrascendentes que ocupan horas y horas de programas de televisión, miles de mensajes en redes sociales y buena parte de las noticias de los informativos. Mientras lo más importante, lo que más nos afecta y lo más directo, se ignora.
Sobre todo a través de las redes sociales, con cientos de noticias diarias, vivimos en la duda, la inseguridad y la falta de confianza, nos hemos convertido en ciudadanos desinformados o al menos siempre desconfiados ante posibles mentiras y manipulaciones que nos puedan llegar.
Parafraseando a Paul Ricoeur podemos decir que estamos en “la información de la sospecha”: tenemos que desenmascarar la verdad o mentira que hay detrás de cada información, convirtiéndose así en sospechosa.
La noticia más recurrente en todos los medios hace unas semanas, fue la enorme contaminación de plásticos que sufrían los mares. No niego que exista tal contaminación, pero para muchos fue la primera noticia al menos de sus dimensiones y ¿casualmente? coincidió con los días que por decreto comenzamos a pagar las bolsas de plástico en los comercios. Después, nunca más ha sido noticia.
Durante semanas la política se ha convertido en “quien tiene el master más regalado o la tesis más plagiada”. La cuestión es importante ya que pone en duda la honradez del que es y de los que pueden ser presidentes del gobierno, pero ¿hasta dónde llega la importancia de esta noticia para que durante estas semanas “no pase nada más en el mundo”? ¿Es una cortina de humo para tapar temas más importantes?
¿Los temas y el tiempo dedicado a cada noticia en un informativo es una cuestión de información o de ocultación? Sin deportes, olas de calor y de frío y que en cualquier parte del mundo alguien ha matado a alguien, ¿qué queda de un informativo? ¿algo más que titulares la mayor parte superficiales?
Con estos millones de mensajes que se envían por wassap, twitter, Facebook… es muy fácil cumplir el viejo principio de que una mentira repetida mil veces se convierte en verdad y avanzando hasta lo más sofisticado llegamos al “deppfake”.
En el 2017 la palabra del año fue “fakenews” –noticia falsa- pero ya hemos ido mucho más allá, hemos llegado a los “deepfake” –videos falsos- que reproducen los gestos, la expresión facial, la vocalización, la voz…, videos manipulados en los que podemos hacer por ejemplo que un líder político diga lo que nosotros queremos de forma tan perfecta que sólo con programas especializados de verificación digital podemos distinguir si es real o no.
La sociedad de los vehículos más veloces se ha convertido en la sociedad de la prisas, la de las conexiones permanentes en la de la ansiedad porque no responde al segundo, la de la información en la desinformación. ¿No estaremos haciendo algo mal?
miércoles, 17 de octubre de 2018
jueves, 27 de septiembre de 2018
EL PRECIO DE LA PAZ.
Las armas que matan población civil inocente, que generan
emigraciones masivas y que mantienen conflictos inacabables, son en los países
desarrollados puestos de trabajo.
El funcionamiento de nuestra economía constituye un sistema en el
que -simplificando- sus elementos esenciales son los trabajadores que crean
productos, productos que posteriormente se venden y generan un beneficio,
beneficio que en parte repercute en los trabajadores cuando cobran sus
sueldos.
Si alguno de los elementos de este sistema falla el sistema
económico deja de funcionar.
Por tanto, eliminar por decreto la venta de un producto significa
romper el sistema y abocar a los trabajadores de las empresas que lo producen
-y al comercio, hostelería y servicios que de ellos dependen-, a engrosar las
listas del paro.
En este contexto, el ideal de un mundo en paz, sin armas, o al
menos un mundo de guerras en el que nosotros no colaboremos, choca con la realidad
de miles de puestos de trabajo que desaparecerían. La guerra no sólo es un gran
negocio para muchas empresas, es también el sustento de muchas familias.
Si ponemos en un platillo de la balanza los miles de víctimas que
generan las armas que producimos y su influencia en la economía global y
particular que esa producción causa, nos encontramos ante un dilema que puede
resolverse en favor de lo económico o en favor de lo ético.
Creo que la cuestión ética debe primar sobre la económica, pero
también creo que esa carga económica no debe recaer exclusivamente sobre los
trabajadores y empresas directamente relacionados con la producción de armas,
sino en toda la sociedad que a través de su gobierno opta por salir de ese
proceso de alimentar los conflictos.
Por eso, la Paz es cara.
El comercio mundial de armas mueve 100.000 millones de dólares
anuales, la producción española supone 4.400 millones de euros y el Ministerio
de Defensa ha aprobado este año un gasto de 10.000 millones en armas al mismo
tiempo que hasta 2030 tenemos que pagar 20.000 millones de un plan anterior.
Si en los años 80 por motivos económicos fuimos capaces de
afrontar una reconversión industrial que trajo muchos problemas sociales y que
costó 10.800 millones de euros -entonces cuantificarlos en pesetas-, quizá por
motivos éticos también podamos ser capaces de afrontar una reconversión ética
de nuestra industria.
Como entonces, esta reconversión no puede hacerse de un día para
otro y deben establecerse mejor que entonces unas opciones de trabajo para los
que lo pierdan. Debe también trabajarse una conciencia social en la que el
factor primordial no sea el económico -a costa de ventas a dictaduras o a
países invasores que no respetan los Derechos Humanos-, sino el factor ético
que busque el cumplimiento de estos Derechos.
Un proyecto sin duda largo y difícil que va a chocar con muchos
intereses opuestos porque el económico, como todo sistema, tiene fuertes
mecanismos de protección. Utopía complicada como otras que llegaron a
realizarse y que comenzaron a hacerse reales en pequeños gestos que encontraron
inicialmente y en todo el proceso muchas dificultades y muchos opositores.
Derechos como el derecho al voto de los más pobres –varones- y la extensión de
este derecho a la mujer, derecho a la huelga, a un salario mínimo, acceso
universal a la educación y a la sanidad... fueron durante mucho tiempo
"utopías imposibles" que superando infinidad de dificultades llegaron
a ser reales en nuestra cultura.
Quizá sea hora de que en el contexto de un plan que amortigüe sus
consecuencias negativas comiencen a realizarse pequeños gestos, como no vender
unas pocas bombas, en esta dirección.
"La esperanza no es ni realidad ni quimera. Es como los
caminos de la Tierra: sobre la Tierra no había caminos; han sido hechos por el
gran número de transeúntes." Lu Xun (1881-1936) Escritor
chino.
HIJOS PERFECTOS.
Con la llegada de las máquinas y la consiguiente revolución industrial, el mundo de los artesanos se vio abocado al fracaso, se cerraron los tradicionales talleres y la producción de objetos se convirtió en más rápida, más barata y más perfecta.
Sin embargo, con el paso del tiempo y contra el pronóstico inicial, la venta de objetos artesanales ha ido aumentando en las últimas décadas y un número considerable de compradores estamos dispuestos a pagar más por estos productos artesanales, que por otros que proceden de la industria y de la más precisa exactitud de la robótica actual.
Y es que unida a esa imperfección está su personalidad, su originalidad, su carácter individual, su distinción que lo hace único y diferente de cualquier otro.
En otros aspectos de nuestras vidas y en de la de nuestros hijos, no somos todavía capaces –por regla general- de hacer una valoración similar.
En esta época nuestra en la que predomina lo exclusivamente medible, se han establecido cuáles deben ser las medidas “normales”. Eminentes pedagogos, psicólogos o similar, han establecido las pautas del desarrollo del niño que ellos consideran normal. El sistema educativo ha establecido unos niveles rígidos y casi inmutables para cada curso. Y todos nos hemos creído que salirse de estos estándares hay que considerarlo al menos preocupante si no una muestra de anormalidad o de enfermedad.
Es verdad que diagnósticos actuales responden a problemas reales que en otro tiempo no se diagnosticaban, pero los que estamos en este mundo de niños y adolescentes tenemos una acentuada impresión de que se produce un abuso, y de que problemas que son diagnosticados, tratados y medicados, no son sino formas de ser de niños que se salen de las pautas que a priori se han establecido como “normales” unidas a la idea de que los padres quieren hijos perfectos que por tanto tienen que responder a estos estándares.
Hay padres que a su hijo muy movido lo diagnostican en casa como hiperactivo. Que al que se distrae con el vuelo de una mosca lo convierten inmediatamente en un trastorno de déficit de atención y al que no come solo cuando el libro de moda dice que tiene que comer, lo llevan al psicólogo.
Es frecuente que estos estándares ideales se trasladen al ámbito de las calificaciones escolares: sacar buenas notas es sinónimo de bueno, sacar todo diez de perfección.
Evidentemente, a cada uno hay que exigirle lo máximo que puede dar, pero lo máximo dentro de unas horas de trabajo razonable y no a costa de un estrés continuo, de mil clases particulares o de que los fines de semana no existan. Tenemos que olvidarnos de esa especie de olimpiadas entre padres en el patio de la escuela o en comidas familiares. Tenemos que aceptar que si con ese trabajo continuo y dosificado nuestro hijo saca un seis, pues es de seis ¿y?.
Entre otras cuestiones, porque estas calificaciones son sólo una parte de una persona mucho más compleja. Muchos alumnos con calificaciones de sobresaliente no tienen una vida ni más satisfactoria ni más feliz que otros que sacaban peores notas. Ni siquiera en cuestiones laborales son mejores, porque la vida, las relaciones personales, saber responder ante las dudas o los fracasos no se califica y son facetas tan importantes o más que los conocimientos que un día concreto tenían de geología o de matemáticas –o de filosofía-.
Presionar más allá de las posibilidades reales o llevarlos a un nivel de exigencia extremo, en lugar de generar perfección genera personalidades con baja autoestima, con una imagen negativa de uno mismo, frustrado, con un alto nivel de ansiedad e inseguridad.
Tenemos “ejemplares” únicos y diferentes, mejores en unas cosas y peores en otras, ninguno perfecto. “Ejemplares” a los que no podemos frustrar por nuestro empeño en la perfección.
SIN MEMORIA. NO SOMOS ALEMANIA.
Alemania es como el vecino perfecto que siempre está en boca de
nuestros padres como ejemplo de casi todo. Al final no es el más admirado sino
el más odiado, aunque el pobre ni tenga la culpa ni sea perfecto.
No se trata de convertirnos en otra Alemania ni de que ellos no
tengan que aprender nada de nosotros, pero creo que pueden ser un referente o
al menos un elemento comparativo a la hora de mirar como gestionamos nuestro
pasado y cómo lo han hecho ellos.
Acabada y perdida la guerra mundial los alemanes que compartían la
ideología nazi y miembros del partido nacional socialista no desaparecieron, la
mayoría siguió ejerciendo sus trabajos bajo la gestión aliada primero y en el
restablecido gobierno alemán de 1949 después.
Sin embargo dos o tres décadas más tarde, tras un esfuerzo por no
ocultar y por enseñar claramente a las nuevas generaciones su historia, la
inmensa mayoría de los alemanes era consciente de los horrores que supuso el
gobierno nazi desde 1933 hasta el final de la guerra y era firme su voluntad de
que esta historia no se olvidara para que no fuese repetida.
En este contexto, a prácticamente ningún alemán le resulta
llamativo que la simbología que pueda recordar el nazismo esté prohibida ni que
los elementos que ensalzaban de alguna forma este período histórico desaparezcan.
A todos les parece adecuado que sólo aquellos elementos que sirvan para no
olvidar, aquellos que sirvan para que las nuevas generaciones tengan presente
qué ocurrió en ese período histórico -el sufrimiento de la propia ciudadanía
alemana, el genocidio y la destrucción que generó la ideología
nacionalsocialista- se mantengan.
Aquí, pasados más de cuarenta años del final del franquismo,
seguimos en disquisiciones inútiles sobre desenterramientos, fosas comunes,
edificios y calles, en debates de opereta como el ducado de los Franco. Digo
inútiles, porque la solución a todas estas cuestiones que se nos plantean en
España no está en el tema concreto del nombre de una calle o similar, sino en
una cuestión anterior y más profunda: que todavía en nuestro país hay quien
encuentra motivos para justificar cuarenta años de dictadura con sus
fusilamientos, exiliados y represión.
Mientras exista un número significativo de ciudadanos que se sienta
agredido, ofendido o simplemente molesto porque se retiren símbolos que exaltan
el franquismo, porque no se quiera tolerar organizaciones que reivindican la
ideología franquista o incluso por algo tan humano como dar sepultura decente a
los que reposan en fosas comunes, nuestra democracia convivirá con herederos de
aquella época y correrá el peligro de cometer los mismos errores.
Podíamos aprender algunas cosas.
Se puede mantener para recordar y no para honrar.
Ocultar no soluciona, enquista. Alemania se tomó muy en serio la
explicación de su historia sin paños calientes. Aquí la guerra civil, el
franquismo y la transición son esos temas a los que nunca se llega en los
programas de cada curso, los que en importancia quedan detrás de la Hispania
romana o la reconquista.
Prohibir la exaltación del fascismo no es acabar con la libertad
de expresión. No se puede esconder en esta libertad de expresión la voluntad de
acabar con la libertad.
Dos cuestiones ineludibles. Primero, tenemos que ser conscientes
de que la dictadura franquista fue un período oscuro de nuestra historia que
tenemos que sacar a la luz. Segundo, los jóvenes tienen que conocer y aprender
de ese período para que nunca se vean en una situación similar.
No somos Alemania. Tampoco podemos ser un país que décadas después
es incapaz de dar luz a su historia y de mantener a parte de sus víctimas en
fosas comunes. No podemos ser un país en el que quitar la estatua de un
dictador genere un debate nacional. Y si lo somos, estamos condenados a repetir
nuestra historia a que –como decía Machado-, una de las dos Españas vuelva a
helarnos el corazón.
TIEMPO TRAIDOR
Para los que cuentan el año por sanfermines estamos en fechas de fin de año, en fechas de hacer valoraciones, renovar propósitos y de ser conscientes de que eso de “ya falta menos” es verdad.
No es que para este tipo de cosas sea muy observador, pero sin darme cuenta, por la derecha y aprovechando el ángulo muerto, el tiempo –traidor- me ha adelantado a un paso imposible de seguir.
Niños y adolescentes íbamos adelantados a su ritmo. Las semanas, los meses, los cursos trascurrían lentamente. Teníamos que sentarnos a esperarlo y aburridos por la espera tirábamos de él para acelerar la llegada de las próximas fiestas. No entendíamos cuando decían que un señor de sesenta años había muerto joven, y la época del racionamiento iba más o menos después de Felipe II.
Más tarde y durante un largo período fuimos más o menos acompasados. Él traía nuevas músicas, nuevas ropas, nuevas costumbres, nuevas modas… y nosotros, manteniendo el ritmo las aceptábamos y las asumíamos como nuestras.
Llegaron algunas señales. Los policías comenzaron a parecernos muy críos y los grupos que nos gustaban publicaban sus discos en recopilatorios para Navidad. Nos empezó a molestar que en los bares de toda la vida nos empujaran y que no pudiéramos estar hablando tranquilamente. Las nuevas músicas, las nuevas ropas, las nuevas costumbres, las nuevas modas… ya no iban con nosotros.
Antes, eso de que “veinte años no es nada” nos parecía una exageración; ahora, casi estábamos de acuerdo. Y sin darnos cuenta, ya teníamos que estar buscando instituto para nuestros hijos.
“Cuarenta es la vejez de la juventud, cincuenta es la juventud de la vejez” Victor Hugo.
Resistiéndonos a ser realistas a veces parece que nuestra mente -joven como hace veinte años- está encerrada en un cuerpo que no es el nuestro. Pero, si aceptamos lo que se ve en el espejo, nos empezamos a dar cuenta que cuando contamos alguna historia, los más jóvenes nos miran con cara de “batallitas del abuelo”.
Y el tiempo se hace más relativo que nunca.
Las Navidades cada vez llegan antes, pasada la Virgen de agosto ya estamos sacando los abrigos y el hijo del vecino que hace nada jugaba en el parque ya está en la universidad. Nos acordamos perfectamente de aquella semana de “vacaciones” que nos dieron cuando murió Franco y lo que nosotros contamos ahora está más lejano en el tiempo que las historias de postguerra y estraperlo que nos contaban a nosotros.
Adelantados a traición ahora las cosas cambian sin darnos tiempo a asimilarlas y sí, morirse con sesenta años es una muerte prematura.
En este contexto podemos encerrarnos en aquello de que cualquier tiempo pasado fue mejor, aunque lo único verdadero es que cualquier tiempo pasado fue diferente. Hubo cosas mejores y peores.
Nosotros decidimos y vamos decidiendo qué merece la pena conservar y que no. Los más jóvenes renuevan, aceptan o rechazan lo que nosotros vamos dejando en el camino.
En ese proceso de cambio, de avance o progreso –aunque no siempre nos parezca ni tal avance ni tal progreso- podemos ser una “red de experiencia” al servicio de los más inexpertos o un lastre para los jóvenes que traen novedades. Podemos intentar extraer lo positivo de nuestra veteranía aplicable a este momento o convertirnos en el cascarrabias que refunfuña ante cualquier novedad y reniega de todo lo que le es desconocido.
El tiempo fluye, transcurre, no existe la foto fija sino el desarrollo. Con él, el mundo en perpetuo cambio y nosotros inmersos en su seno.
Imprudentes por impaciencia al principio e imprudentes por exceso de cautela al final. Jóvenes impacientes por comernos el mundo, mayores temerosos porque cambie la realidad en la que nos sentimos cómodos.
Tiempo traidor que nos lo fiaba muy largo y que acelera progresivamente el final.
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