miércoles, 15 de abril de 2015

TIEMPO DE ARTE Y FILOSOFÍA.

Quizá sea que nos hemos acostumbrado a ver la vida con banda sonora, como en las películas, por lo que ahora la realidad tal cual nos resulta sosa. Quizá sea también que el ritmo nos lo pongan desde fuera, y nosotros sólo nos adaptemos a la música que va sonando.
Quizá sea que ya soy de otro siglo, que nací tarde o que de vez en cuando padezco algún ataque de melancolía. Pero a veces este ritmo me desborda, freno mientras veo como los sucesos me adelantan y tengo morriña de un pasar más pausado, de volverme a sentar para escuchar música en lugar de moverme a la marcha que va sonando.
Quizá sea verdad que la economía marca el ritmo. Los productos se “reproducen” más rápido, se desfasan antes y cada vez transcurre menos tiempo para que sean viejos. Cada vez la satisfacción dura menos y la insatisfacción es más fuerte y profunda, la información –o mejor los datos- se multiplican exponencialmente y la total dedicación de mis capacidades no son suficientes para procesarlos.
Es tiempo de más en menos, de grandes desmanes concentrados en momentos. De “ya”, de “hoy”, de “todo”. Si me lo prometes para la semana que viene no lo quiero.
Quizá sea por eso que ya es preocupante el número de jóvenes que recurre a la prostitución porque ya no compensa el tiempo invertido en conocernos. La comida rápida, los viajes relámpago, todo en uno, sólo los titulares…
La comunicación hay que limitarla a ciento cuarenta caracteres, las páginas web no deben ocupar más de pantalla y media, y prácticamente nadie pasa de la segunda página que ofrece el buscador. Los mensajes, la política, la publicidad, las relaciones humanas hay que condensarlas en un lema, una frase, un logo, un emoticón…
En este contexto nunca hay tiempo. Lanzados en caída libre a la máxima velocidad posible para conseguirlo todo. Siempre deseando mas que disfrutando y siempre contando lo que no tenemos.
Aquí el arte distrae, la filosofía molesta. Esto no sirve, por tanto al estado no le interesa.
La ingeniería aniquila a la poesía, la matemática aplicada suprime la comprensión del mundo, el ritmo de la robótica calla la música, el ordenador pretende sustituir a la creatividad.
Exactitud, precisión y rigor pretenden encerrar la indefinición, las vaguedades y las perspectivas consustanciales a estar vivo.
Somos algo más que peso, altura, latitud y longitud. Más que poder adquisitivo, franja de edad y esperanza de vida. Podrán decirnos con datos estrictamente rigurosos y técnicamente precisos en dónde estoy, mis hábitos de consumo o mi porcentaje de grasa corporal; pero esa información no me acercará un ápice a algo que dé sentido a mi vida o a ese tipo de comprensión del mundo que yo necesito.
Pretenden marcarme el ritmo, etiquetarme, convertirme en uno más uniformado con el resto. Pero tengo derechos. Derecho a ser diferente, a definirme, a elegir. Derecho a cambiar de opinión, a equivocarme, a que no me guste. A estar triste o a “hacer una locura” para sentirme bien. Tengo derecho a inventar y a pensar. A divertirme de otra manera y a ser “políticamente incorrecto”. Tengo derecho a que me de igual no estar en el porcentaje adecuado e incluso derecho a ser considerado raro.
Quizá sea porque el arte expresa, porque ve el mundo desde otra perspectiva. Quizá sea que el pensamiento, la actitud crítica o la observación atenta, acaban poniendo sobre la mesa nuestro perfil malo, el que no queremos ver, el que queremos ocultar. Quizá sea que sirven para tanto, que a los que sólo ven encima de sus narices les parezca que no sirven para nada.
Quizá sea por eso que no es tiempo, ni de arte ni de filosofía.

viernes, 27 de marzo de 2015

ELOGIO DE LA POLÍTICA

Si entendemos por política la actividad que realizan los políticos no parece que sean buenos tiempos para su elogio, pero la política así entendida no es mas que un reduccionismo de un significado mucho más amplio. El término política significa organización de la polis –de la ciudad-, su fin es resolver los problemas que se le plantean al ser humano por vivir junto a otros seres humanos.
Decían antes “la política para los que viven de ella”, pero es un gran error y una gran manipulación que en realidad quiere decir: deja la política en mis manos, no te metas, que yo decidiré por ti.
Se puede vivir al margen de la política pero la política es necesaria para organizar la ciudad. En consecuencia, no parece muy inteligente vivir al margen de decisiones que van a establecer mis condiciones laborales, mi jubilación, el precio de la electricidad, si mis hijos van a tener una beca o si me voy a tener que pagar la ambulancia.
Esa separación radical entre sociedad civil y gobernantes que se daba en las monarquías absolutas, las democracias censitarias o las dictaduras del siglo XX se supera con la llegada de los sistemas democráticos, pero no todas las democracias son iguales: hay unas en las que los ciudadanos participan de formas variadas y activamente en la vida pública, y otras en las que esa participación es mínima. En las primeras, los ciudadanos se organizan en asociaciones o coordinadoras, se afilian a sindicatos, se manifiestan o recogen firmas, donan dinero, participan en los partidos políticos… se movilizan. En la segunda se limitan a votar cada cuatro años y se desentienden aunque no dejen de manifestar sus quejas esperando que la realidad cambie por sí sola.
Hemos perdido la conciencia de que nuestra situación actual, los derechos que ahora tenemos, son consecuencia de la implicación política de nuestros padres cuando hacían huelga o se jugaban el tipo delante de “los grises”. Tampoco tenemos conciencia de que nuestra pasividad política es la causa de la pérdida de esos derechos hoy y según parece, de su pérdida en un futuro bastante prolongado.
En muchos casos nos han querido enseñar que la política es mala, que politizar un asunto es contraproducente; pero la política es necesaria porque nuestra vida es pública y común. Politizar es poner sobre la mesa un asunto para buscar su solución. La posición ante los problemas que genera nuestra convivencia no es ser político o apolítico sino, yo participo e influyo en la solución del conflicto u otros lo hacen por mí.
No es nuestra sociedad una sociedad excesivamente implicada en la vida pública. No es una sociedad excesivamente implicada porque procedemos de una historia reciente en la que el poder político se ha ejercido al margen de la sociedad civil y porque los gerentes públicos no han querido darse cuenta de que son representantes y no dueños de la política. En consecuencia, no han alentado la participación ciudadana en la vida pública sino que se han sentido muy cómodos en una democracia mínima en la que la participación ciudadana se reduce al voto cada cuatro años.
Elogio de la política, de la toma de decisiones para solucionar problemas y para mejorar la vida de los ciudadanos. Pero también de forma inseparable, elogio de la participación política: de la implicación, el compromiso, la dedicación a los asuntos que por ser públicos son también míos.
Elogio de la educación política: educación en los valores sociales y en la solución de tensiones entre grupos que conviven “bajo el mismo techo”, educación en la tolerancia, la empatía y la solidaridad necesarias para no eludir los problemas sino para solucionarlos.

domingo, 22 de febrero de 2015

TITULACIONES DE GRADO EN TRES AÑOS.

La última propuesta del Ministerio de Educación ha sido la de permitir que las universidades establezcan estudios de grado de tres cursos, que podrían completarse con otros dos años de master.
A propósito de este tema, los responsables de educación han hecho diversas afirmaciones: unas verdaderas, otras verdades a medias y otras directamente que no se han hecho o se han intentado ocultar.
Es verdad que en los países de nuestro entorno esta modalidad de organización es habitual y que era un perjuicio para los estudiantes españoles tener que cursar cuatro años para conseguir el mismo título que la mayoría de nuestros vecinos europeos consigue en tres.
No son tan evidentes otras de las virtudes que se le atribuyen. Verdades a medias, ya que se tienen que dar una serie de condiciones para que se cumplan.
Se afirma que los estudiantes se incorporarán antes al mercado laboral, y que ellos y sus familias se ahorrarán un año de estudio y de dinero. Pero ¿existe mercado laboral al que incorporarse?. En la actualidad los centros educativos están más desbordados que nunca precisamente porque no existe demanda de empleo. Incluso los que ya trabajaban han vuelto a las aulas porque se han quedado en paro.
Suponiendo que hubiera empleo, ¿cuál va a ser la situación laboral de un titulado de tres años frente a los que hayan estudiado dos cursos más de master?, ¿cuál va a ser la valoración que el mercado de trabajo haga de estos graduados venidos a menos?, ¿cuáles van a ser los puestos que ocupen y su remuneración?  –Venidos a menos porque este título equivale supuestamente a la licenciatura que se cursaba en cinco años o a los estudios de grado de cuatro años, y venidos a menos porque bajan un nivel en la escala de formación-.
¿Favorecen estos cambios el acceso a la educación?. En este aspecto la situación se omite.
Según los datos del “Observatorio del Sistema Universitario” de los 33 estados de la Unión Europea estudiados en la inmensa mayoría de los países de nuestro entorno ya los estudios de grado son más baratos que en España. España es el décimo país más caro teniendo en cuenta además que de los 23 restantes, en 11 estos estudios son totalmente gratuitos y en los otros 13 el precio oscila entre los 7€ de la República Checa y los 1066€ de Portugal pasando por ejemplo por Francia donde el precio es de 180€ frente a España, en donde el precio medio es de 1650€.
En el caso de los másters, en 21 países el precio máximo por curso no supera los 1300€ mientras que en España es de 4000€. España es uno de los países en el que la diferencia entre el precio del grado y del master es mayor.
Por una parte, una vez más la convergencia con Europa es sólo parcial: convergemos en el número de cursos pero no en el precio, con lo cual a un alumno español no sólo le cuestan más sus estudios de grado sino que los masters se le disparan. Y por otra, esto significa que con el cambio a tres años de grado más dos de master, el precio del cuarto curso le puede costar unos 2500€ más que en la actualidad.
Si a esto le sumamos el aumento de las tasas universitarias en los últimos años, la reducción de las cuantías de las becas, el aumento del paro y la caída de los salarios, parece que este cambio va a ser una dificultad más para que muchos alumnos puedan acceder a ciertos niveles educativos.
Por muy bien que fueran las cosas en la reducción del paro y en la situación en que se contrate a los graduados, esta dificultad económica para acceder a estos estudios superiores “contamina” todo lo demás ya que rompe con el derecho de todos a una educación de calidad quedando cada vez más esa educación para los que puedan pagársela.
Un retroceso sin duda en la igualdad de oportunidades, una selección de los alumnos no por sus cualidades intelectuales y capacidad de trabajo –por esa excelencia que tanto gusta ahora-, sino por las posibilidades económicas de las que disponga sus familia.

jueves, 12 de febrero de 2015

ALGUNAS FORMAS DE CAUSAR LA INFELICIDAD.

No son frecuentes ni necesarias grandes y reseñables gestas para poner de manifiesto la relación que existe entre unos padres y sus hijos. Son las pequeñas cosas, las cotidianas, esas que fatiga y cansa repetir un día si y otro también las que van mostrando nuestra dedicación a esta tarea que muchas veces nos parece tan poco agradecida.
Como tantos grandes quehaceres -como la propia vida- múltiples pequeñas cosas van formando una mayor e importante. Y como en tantos grandes quehaceres, pequeños errores pueden causar grandes catástrofes.
“Son cosas de niños”. Justificamos así comportamientos y actitudes que no son “cosas de niños”, sino cosas que se enseñan y que se practican. Infravaloramos las posibilidades de nuestros hijos y bajamos el nivel exigencia: si pensamos que es imposible que espere sentado en la consulta del médico, que comparta sus juguetes o que haga sólo sus ejercicios de matemáticas; nunca esperaremos que lo haga ni le enseñaremos a hacerlo. Nuestras expectativas marcan el nivel, y con frecuencia ellos son mucho más capaces de lo que pensamos.
Nos pone nerviosos, lo pasamos peor que ellos, e incluso nos da miedo que se enfade, que llore, que coja un berrinche. Como consecuencia hacemos todo lo posible para que esto no ocurra, cedemos a todos sus deseos y construimos un espiral del que nunca saldremos ni ellos ni nosotros: iremos cediendo en cada vez más cosas y más importantes, nos chantajearán de por vida si no aceptamos que sentirse mal porque no te dan lo que quieres o por ver que el mundo no está a tu servicio, no es un mal aprendizaje. Fechas señaladas ahora para ver si los regalos de Navidad literalmente te “sepultan” o son razonables.
Por otra parte es evidente que los hijos necesitan que les dediquemos tiempo y es evidente que tener un hijo cambia la vida de día y de noche. Pero no es tan evidente que una familia tenga que girar exclusivamente alrededor de los deseos de ese niño que va creciendo. Con demasiada frecuencia no es el niño el que se adapta a la costumbres de su casa o  a las necesidades de sus padres, son estos los que dejan de tener un atisbo de vida propia y se dedican con exclusividad a que su hijo no tenga que esperar media hora antes de ir a entrenar o tenga ¡ya! preparada la cena.
Lo encumbramos de tal forma que nos sentimos agredidos cuando alguien, incluidos sus maestros, le llaman la atención. Mucho más si es un señor que está por el parque o el chico de la tienda de chuches. Nada puede lesionar esa imagen de perfección que proyectamos sobre nuestro vástago.
Junto a estas, otra infinidad de causas de sobra conocidas y de sobra olvidadas.
Por si tuviéramos alguna duda, piensan que no somos buenos padres si soltamos una reprimenda en público, si no salimos corriendo a la mínima caída en el parque o si le decimos que arregle sus propios problemas.
No podemos perder la perspectiva: un niño feliz no es lo mimo que un niño consentido y es difícil que un niño consentido sea un adulto feliz. La felicidad está relacionada con construir un carácter capaz de valorar, de esperar, de trabajar. Capaz de estar satisfecho sin ser el centro del mundo, de tener una personalidad propia, de dirigir su vida incluso contra la opinión mayoritaria, de verse con realismo y de aceptarse sin idealismos inalcanzables, de esforzarse para alcanzar lo que se desea y de marcarse su ritmo para vivir sin agobios.
No son frecuentes las grandes y reseñables gestas a lo largo de una vida. Como otros grandes quehaceres, múltiples pequeñas cosas van formando la más grande. Pero nunca serán capaces de la más pequeña y correcta decisión si no les hemos enseñado a hacerlo, si les hemos educado en un mundo falso que sólo existe entre las cuatro paredes de su casa.

TEMAS TRANSVERSALES.

No es bueno comenzar desbordados, pero sin tiempo apenas para hacernos cargo, los asuntos públicos se nos han ido agolpando durante el 2014: comisiones varias, financiación de partidos, infanta, el oscuro caso de un tal Nicolás, el caso de los ERE, tarjetas black… toda una interminable lista con nombres y apellidos que nos ha causado aburrimiento y hartazgo.
Este 2015 -año de campaña electoral desde el día 1- nos llega cuando ya estamos cansados de instituciones y gestores públicos que se han aprovechado de su situación privilegiada para ensuciar la política y ponernos a un paso de una república bananera.
Ahora llegarán las elecciones y mucho me temo que nos vamos a dedicar  a “quién es el menos corrupto” que a un debate de ideas.
Las ideas son opinables, los principios variados y los medios diversos; pero las reglas de un juego realmente democrático son estrictas. Por eso, no podemos dejar de exigir a nuestros representantes -sean del partido que sean- el cumplimiento y la implicación real en el respeto de unos principios básicos que garanticen un sistema democrático, unos principios transversales que impregnen la vida pública desde dentro y que estén presentes como algo más que una capa de barniz que oculta la realidad.
Trasparencia. Como si de un gran logro social se tratara diversas instituciones del Estado echan las campanas al vuelo porque a partir de ahora van a ser transparentes, y es que ahora se han dado cuenta de que la trasparencia tiene que ser uno de los principios del sistema. Pero todas las instituciones que gastan el dinero del contribuyente, desde siempre tendrían que haber rendido cuentas de sus gastos ante quienes los financian: los ciudadanos. Nos hubiéramos evitado así la tentación de disfrutar de viajes de placer a costa del Parlamento, de organizar fiestas con los amigos a cargo del presupuesto del ayuntamiento o de cobrar dietas duplicadas por reunirse a hablar del tiempo.
Hemos comenzado, pero todavía quedan “zonas” muy poco transparentes.
Justicia. No podemos quedarnos como si tal cosa cuando el propio presidente del Tribunal Supremo y del Consejo General del Poder Judicial afirma que las leyes españolas no están pensadas para sancionar a los grandes defraudadores sino “para castigar a los robagallinas”. ¿No debe ser la justicia igual para todos? Parece que sólo en el artículo 14 de la Constitución.
Sin embargo, tras estas declaraciones, esos partidos tan interesados en acabar con la corrupción han seguido con sus cosas, como si esta situación jurídica no constituyera una gran dificultad para combatir la corrupción.
Independencia del poder judicial. ¿Alguien puede explicar que el órgano encargado de velar por la independencia de los jueces frente a otros poderes del Estado sea nombrado por otro poder del Estado? La pescadilla que se muerde la cola y la puesta en cuestión de la independencia judicial en sus altas instancias: si los controlados nombran al controlador, ¿qué garantías tenemos de su independencia?
Conocimiento e información. La mejor forma para controlar una sociedad no son unas leyes represivas basadas en el ejercicio de la fuerza, la mejor forma para controlar una sociedad es controlar la educación y los medios de información. Los mecanismos más eficaces contra la manipulación son tanto la formación necesaria para evaluar y ser crítico, como una información no ideológica o al menos plural. No podemos pretender la superación de la demagogia o del oportunismo sin una adecuada educación de la ciudadanía.
Seguramente estas y algunas otras cuestiones sirvan para recuperar un factor fundamental en una democracia representativa: la confianza y la credibilidad de quienes nos representan. Perderlas, es mucho más importantes que perder los euros que han podido llevarse a Suiza.