miércoles, 21 de octubre de 2015

ALZHEIMER, IN MEMÓRIAM.

Todos tenemos nuestros despistes, decíamos. Yo a veces también llego a la puerta de la cocina y me vuelvo sin saber qué iba a coger.
Pero poco a poco fue ya frecuente que nunca supieras donde estaban las llaves, que titubearas al querer decir el nombre de los vecinos o que tu humor fuera y viniera. Nos preocupamos de verdad cuando no supiste llegar al taller al que toda la vida habías llevado el coche.
Estabas empezando. Nunca conseguiste aclararte con el mando de la tele nueva y dejaste de salir los domingos al vermú con los amigos, preguntabas cien veces  qué día tenías que ir al médico y hasta la boda de tu sobrina la cambiabas de fecha y hasta de mes.
Te costó una enfermedad y muchos enfados que no te dejáramos coger las herramientas. Ibas de aquí para allá en el taller a tu ritmo, un nuevo ritmo muy diferente a ese otro ágil y dinámico que tantas veces me habías dicho que yo no tenía.
Quizá aquí comenzó lo peor. Primero te enfadabas con nosotros porque “te cambiábamos las cosas de sitio” o porque “no te contábamos nada”. Luego, te fuiste dando cuenta que eras tú.
Te diste cuenta que te costaba entender lo que siempre habías entendido y que te costaba hacer lo que siempre habías hecho. Que había espacios de tiempo de los que no recordabas nada y que a los nombres de siempre no les ponías cara. Bastante más tiempo te costó aceptarlo.
Estuviste a días y a ratos deprimido, enfadado, nervioso, aislado. Te arrancabas de repente y te ponías con esmero hasta que parabas, en blanco, sin saber como seguir. Nos decías que no entendías, y nos lo volvías a repetir.
Todavía entonces querías ver los partidos de Osasuna y levantarte a ver los encierros aunque te desconcertaba ver en el mismo encierro que los toros pasaran varias veces por telefónica.
Fue otro mundo. Contabas tus andanzas de pequeño como si hubieran sido ayer y preguntabas si tu padre había vuelto del campo. Cada mañana, al despertar en la habitación en la que llevabas durmiendo más de cincuenta años, querías volver a tu casa porque te estarían esperando. Tu hija a ratos, era tu madre. Tu mujer, una señora que te obligaba a dar un paseo y a tomar las pastillas. Tus pasos, un deambular sin sentido por el pasillo.
Nos explicabas una y otra vez quién eras, de qué casa, que tu padre estuvo en América y que hiciste la mili en Sabadell. Nos preguntabas quienes éramos o nos confundías con algún peón que vino a segar de no sé donde el año que se caso tu hermano.
A pesar de todo, también sonreíamos contigo cuando cantábamos las canciones de tu juventud o te preguntábamos por tus novias. También el día que pasó a verte la vecina y le contaste “en secreto” que la mujer que vivía en la casa de al lado se ponía debajo de la parra a escuchar las conversaciones.
Ya no conocías a tus amigos, los recibías sonriente pero cuando pensabas que no te oían preguntabas: : ¿y este quién es?. Hubo que tapar los espejos porque decías que en tu habitación había un hombre.
Decían los médicos que los ejercicios de memoria retrasarían el proceso. Jugabas con tus nietos a recordar debajo de qué tarjeta estaba el gato, el color rojo o la letra de tu nombre.
Te fuiste apagando. La mirada se quedó en el infinito, apenas hablabas. Poco quedaba del marido, del padre, del abuelo. En otro mundo o ya sin mundo te dejabas llevar de aquí para allá mientras físicamente aún podías hacerlo. Salías a pasear como si nadie te acompañara, comías por comer, mirabas sin ver, callabas porque ya no quedaba en tu mente nada que decir.
Vimos consumir tu cuerpo después de que tú ya te habías ido.
Y así, poco a poco, fuiste desapareciendo. 

lunes, 12 de octubre de 2015

INTELIGENCIA E INGENIO: EL SENTIDO DEL HUMOR.

Tradicionalmente, cuando hablamos de inteligencia nos referimos a la capacidad de algunas personas para superar sus estudios con un buen expediente o para realizar importantes investigaciones y descubrimientos.
En los últimos años –ya décadas- y como consecuencia del desarrollo de la “inteligencia artificial”, se han ido concretando diversos usos o tipos de inteligencia: unos similares a los que desarrollan los ordenadores, otros específicos del ser humano y todos ellos relacionados entre sí.
Pero entre esos usos, pocas veces encontramos la inteligencia como una capacidad relacionada con lo lúdico. Sin embargo la ironía, el humor, la picardía, la comicidad, la astucia, la parodia, el chiste o el juego no son sino muestras de inteligencia e ingenio.
Habitualmente hablamos de: inteligencia computacional, inteligencia como capacidad de abstracción, inteligencia como modo de autodeterminación o de inteligencia emocional.
Pero la inteligencia como ingenio, como risa, también tiene su espacio.
Un chiste es una historia cuyo final sorprende agradablemente, es inesperado, novedoso, breve. Es consecuencia del ingenio necesario para crear un final diferente, más allá de la lógica, de lo esperado, de la verdad o falsedad, del sentido: un juego de palabras no dice nada pero puede ser gracioso sobre todo si se hace rápidamente, sobre la marcha, es original y por tanto sorprende.
Fue famoso por su ingenio el diccionario de José Luis Coll -llavero: Instrumento que permite perder varias llaves al mismo tiempo-. Y son muestras de ingenio las viñetas que al mismo tiempo que consiguen una sonrisa son capaces de trasmitir en dos frases ideas que a otros cuesta un artículo. El Roto, a propósito de la situación en Grecia, dibuja dos señores en tonos oscuros que dicen: “- ¿Y no se os ha ocurrido pensar en los dientes de oro de los griegos?, a lo que el otro responde -¡Anda, es verdad!”.
El ingenio burla la realidad y la norma. El bufón entre chistes y parodias, decía al rey lo que sus consejeros no se atrevían. Forges, después de que Franco se recuperara de un grave problema de salud publicó una viñeta en la que aparecía un señor con una botella de champán sin abrir y entre telarañas. Cuando los censores le preguntaron que esperaba celebrar, Forges respondió que una victoria del Atletico de Madrid.
El humor es una forma de superar la realidad. Nos reímos de la muerte: “ha estirado la pata”, “se ha quedado tieso” e incluso algunos son capaces de reírse de si mismos. Una persona bajita comenta: “cuando era pequeño me gustaba pasear en bicicleta, ayer mismo me di un paseo”.
La risa y la sátira son transgresoras. Pero ¿tiene límites la transgresión?
Los límites varían. Quizá ahora Góngora hubiera denunciado a Quevedo por reírse de él: “Érase un hombre a una nariz pegado…”. Al menos se consideraría políticamente incorrecta la greguería de Ramón Gómez de la Serna: “El manco de los dos brazos se quedó en chaleco para toda la vida”. Arévalo no se ganaría la vida contando chistes de gangosos, tartamudos y “mariquitas”. Y Martes y 13 ni siquiera hubiera hecho la parodia de la mujer maltratada “mi marido me pega”.
El señor atado a la realidad, el que no es capaz de encontrar la segunda intención, el que no entiende de ironías es soso y aburrido. El humor y el ingenio nos ofrecen otra visión, otra perspectiva, otra forma de ver la realidad, otra inteligencia.

martes, 14 de julio de 2015

DECÁLOGO DE MADUREZ.

Dicen que la experiencia es un grado, pero no es cuestión ni de exagerar ni de menospreciarla.
Exageramos si pensamos que en nuestra experiencia podemos encontrar respuestas a todas las preguntas y solución a todos los problemas que nos surjan. En esta línea, la experiencia no será una ayuda sino un lastre: seremos incapaces de resolver cuestiones nuevas que vayan apareciendo.
Pero tampoco hay que menospreciarla. Gracias a nuestros aciertos y errores hemos ido acumulando mecanismos, estrategias, escarmientos y satisfacciones que pueden servirnos para encarar el futuro.
Cada uno llevamos detrás nuestra vida, nuestras situaciones, nuestros éxitos y fracasos. A partir de esa posición tenemos que afrontar el futuro.
Creo que con este bagaje, a medio camino entre la experiencia y el futuro, es buen momento  para establecer unos principios que elaborados con lo que hasta ahora hemos vivido, nos sirvan para mejorar y no perder el tiempo.
A continuación detallo algunos que ni siguen un orden establecido ni pretendo que sean universales pero que quizá puedan darles algunas pistas.
Primero: no rechazaré ninguna idea por el hecho de que sea nueva, no dejaré que la experiencia que me han dado los años me convierta en intolerante. No rechazaré algo porque no encaje en mis esquemas, por miedo a lo nuevo o por incapacidad para asumirlo. No juzgaré con prejuicios sino escuchando lo que dicen y viendo lo que hacen, porque la experiencia o la información que recibimos nos “impone” unas valoraciones que no se corresponden necesariamente con la realidad.
Segundo: huiré de la monotonía, me plantearé nuevos retos. Dicen en economía que la empresa que no crece desaparece. La persona que se automatiza en su trabajo, en su relación de pareja o en su planteamiento vital “muere”.
Tercero: disfrutaré de mis hijos antes de que crezcan y se independicen. Todo pasa cada vez más rápido y dura menos tiempo. Para cuando te das cuenta son adolescentes, y como es lógico y normal poco a poco se van organizando la vida al margen de la de sus padres.
Cuarto: manifestaré mis ideas con respeto a todos pero independientemente de que les parezcan bien o mal. Ser como todos para ser aceptado por el grupo es cosa de adolescentes.
Quinto: pasaré más tiempo con las personas y menos en internet. No puedo ignorar a mi compañero de mesa porque estoy mirando el móvil.
Sexto: no desperdiciaré ninguna ocasión para pasar un buen rato. El tiempo no pasa en balde y ya vamos viendo a coetáneos nuestros víctimas del infarto, el ictus o el accidente. Ya no podemos permitirnos el lujo de dejarlo para mañana.
Séptimo: aceptaré mis carencias y debilidades en función de que dependan de mi, de su importancia y de las veces que ya he intentado superarlas sin éxito. Dicen que las debilidades hay que vencerlas o  aceptarlas.
Octavo: me arriesgaré a ir más allá de las situaciones en las que me siento cómodo. Estamos bien en el mundo que controlamos y con la edad, cada vez nos cuesta más salir de él para aprender, si nos quedamos aquí estaremos cómodos pero ajenos a todo lo nuevo y diferente.
Noveno: no dejaré que salvadores, aspirantes a gurús o auto proclamados dueños de la verdad secuestren mi identidad. Grupos sectarios, políticos mesiánicos, oráculos del bien y la verdad buscan anular personalidades para absorberlas y disolver su individualidad.
Y por último: me implicaré activamente en las cuestiones que creo tienen que cambiar. No esperaré que la realidad sea como yo pienso que tiene que ser mientras pasivamente miro desde la barrera.
“Si en la madurez conservas intacta la inocencia, la ilusión, la alegría y la tolerancia, es porque la pureza de tu conciencia logró imponerse a la degradación y mezquindad de este perverso y feo mundo.” José Luis Rodríguez Jiménez.

jueves, 11 de junio de 2015

PRECARIEDAD EXISTENCIAL.

Veo un programa de televisión en el que una jefa se infiltra entre sus trabajadores y comparte faena con cinco compañeros. Al final del programa alaba el trabajo de unos y critica el de otros. A los primeros les premia económicamente con alguna ayuda y a los segundos les ayuda pagándoles algún curso de formación para que mejoren.
De los cinco es especialmente generosa con dos. Con uno porque no puede pagar los libros de texto de sus dos hijas y con otro porque debe doce meses de alquiler. Queda muy bien ella, el programa y el final feliz de la historia. Pero, ¿cómo hemos llegado al punto en el que nos parece normal que dos personas que trabajan su jornada laboral, que trabajan bien, que tienen una vida como la de cualquier otro, no puedan con su sueldo permitirse el lujo de comprar los libros de la escuela o pagar el alquiler? ¿No sería más lógico que la empresaria se planteara “qué poco debo de pagar a mis trabajadores si con el sueldo que cobran no pueden vivir”? De las ideas, por muy lógicas que parezcan, no se pasa necesariamente a la realidad.
Creo que hasta cierto punto es comprensible aunque no necesariamente justo, que en una situación de crisis el trabajo sea de peor calidad -menos seguro, peor pagado-. Lo que entiendo pero no comparto, es que con la excusa de la crisis se faciliten las cosas para que esta situación sea la habitual también en las empresas que funcionan y según parece, seguirá así en un futuro cuando la crisis remonte.
Tener un trabajo precario es algo más que la inseguridad laboral y económica, es vivir en la precariedad social, en una precariedad que toca múltiples aspectos de la vida: en una precariedad existencial.
Por mucho que nos quieran vender el ideal de la movilidad y del cambio permanente en el ámbito laboral, al menos como cultura -y me atrevería a decir que también como humanos- buscamos cierta seguridad y estabilidad que no es incompatible con una dinámica que nos lleve a algún cambio laboral o a mantener una formación continua en una realidad en continuo cambio.
El trabajo precario genera inquietud e incertidumbre: tanto en lo material como el acceso a una vivienda o los estudios que pueda dar a mis hijos como en cuestiones más etéreas como el proyecto vital que pueda plantearme.
En un sistema de  trabajo precario se pierde la posibilidad de tener una carrera profesional: no se puede pensar que si uno se esfuerza y forma adecuadamente va a tener también una promoción en su trabajo, y menos se puede pensar que una empresa van a invertir en la formación de un trabajador precario. En este sistema precario se pierden derechos laborales: si los pides te despiden y es difícil organizarse con otras personas que también van saltando de empleo en empleo.
Esta situación en la que no sé hasta cuando tendré trabajo, en la que desconozco si cuando vaya cumpliendo años me contratarán o si habré cotizado lo suficiente para jubilarme, crea preocupación y desasosiego porque fácilmente puedo perder todo lo que tengo.
En precario no puedo establecer vínculos sociales con compañeros, es difícil la integración en un grupo y se genera el aislamiento del trabajador que pierde referentes comunes, pierde el sentido de lo colectivo y pasa a ver en los compañeros competidores en lugar de compañeros que unidos pueden mejorar sus condiciones laborales.
Desde hace ya tiempo, en aras de mejorar la competitividad,  se ha venido legislando para aumentar la flexibilidad en el trabajo. Según los datos del Instituto Nacional de Estadística tras las dos últimas reformas laborales el empleo temporal se ha disparado y la impresión general es que esta tendencia será continuista. En esta tensión entre intereses económicos y bienestar de las personas van perdiendo las personas, la precarización de la vida no es una buena noticia.

VOTANTES Y PERSONAS.

Sería en octavo cuando en la asignatura de física nos enseñaban que puedes estirar un muelle con cierta fuerza de forma que cuando lo sueltas el muelle vuelve a su posición original. Nos enseñaban también que cada muelle tiene un “punto de no retorno” es decir, un límite: soporta un máximo de fuerza de manera que si la sobrepasas, el muelle se deforma y no recupera su posición original.
Todos tenemos nuestro límite.
No sé si ustedes -como yo- tienen un límite de resistencia a las noticias que causan enfado, decepción, disgusto, impotencia, asqueamiento general. Límite que si se supera, genera cierta deformación emocional que exige desconectar temporalmente de las noticias para ver la realidad desde una perspectiva más realista, desde la inmediatez que nos rodea.
En un mundo sin televisión sería difícil para la mayoría conocer de forma directa algún caso de asesinato por violencia de género o de secuestro de una menor. Los medios nos acercan al mundo, pero a “todo el mundo”, proporcionándonos tal acumulación de información –casi siempre negativa- que nos puede causar una visión excesivamente nociva del estado de las cosas, un excesivo pesimismo que no se corresponde con la realidad.
Tampoco sé si ustedes –también como yo- han llegado estas últimas semanas a su límite de “políticos en campaña electoral” y necesitaban dejar de sufrir los padecimientos del votante para volver a ser tratados como personas.
Si nos atenemos al trato recibido, el votante parece ser un espécimen superficial y voluble, de poca capacidad intelectual y raciocinio, nula memoria del pasado y susceptible de ser captado como se capta a un niño con un caramelo. Especialmente cansino es además que según parece, al votante hay que bombardearle mañana tarde y noche con la mismas frases, los mismos mantras, las mismas maravillas de cada uno y los infinitos defectos del contrario.
Ahora que sólo somos personas -esperemos que hasta que pase el verano-, parece que se dirigen a nosotros con una cierta normalidad. Parece que las omnipresentes, forzadas y permanentes sonrisas, el compadreo con la gente de la calle y las a veces ridículas situaciones en las que se han colocado, han quedado aplazadas hasta las elecciones generales. Parece que en su gran mayoría nos vuelven a tratar como si tuviéramos un coeficiente medio. Y parece que, aunque metidos ahora en sus estrategias para formar gobiernos y ayuntamientos, escuchamos afirmaciones que nos explican con más realismo en qué situación estamos.
Con una convocatoria electoral tan cercana quizá padezcamos el síndrome electoral. Un cuadro de síntomas que presenta ansiedad, rechazo, angustia o algún tipo de sarpullido cuando pensamos en ver un informativo o al imaginar de nuevo a unos candidatos que en lugar de contarnos sus ideas y proyectos nos bombardean con dibujitos y parodias dignas de primero de infantil.
Esperemos que en estos escasos meses seamos capaces de observar y pensar con más tranquilidad, de borrar de nuestro subconsciente musiquillas y afectos forzados, de llegar al contenido, de volver a nuestra situación previa para no forzar nuestro límite de tolerancia.
Ojalá que los pasos que los políticos den estos meses sirvan para que se retraten en sus pactos y en sus decisiones. Ojalá la vida real de las instituciones en estas escasas semanas sirvan para ver sus promesas en la práctica. Y ojalá que todo esto les lleve a hacer campaña para personas que votan y no sólo para votantes.