lunes, 10 de octubre de 2011

¿PREPARANDO EL CAMINO?


Sin ánimo de quitar importancia al resto de cuestiones que se han ido tocando últimamente, hay que subrayar un tema que me parece importante y que ha sido cuestionado en varias ocasiones: la atención a la diversidad.
Se ha argumentado que el que no quiere estudiar no estudia de ninguna manera independientemente del profesor que le de clase y del número de alumnos que estén en el aula; que la solución pasa por el orden, el respeto y el rigor científico; que la atención a la diversidad es un concepto abstracto y difuso, que no hay valoraciones de este recurso y que es tan cara como inoperante para los alumnos.
Parece que esas opiniones se refieren a los grupos que buscan esa atención a la diversidad reduciendo el número de alumnos por aula y olvidando, que también es atención a la diversidad la optatividad o las múltiples tareas que puede realizar el tutor. A pesar de todo, yo también me centraré en esos grupos reducidos.
En primer lugar, hay que aclarar que cuando hablamos de estas clases, no estamos hablando sólo de alumnos que no quieren estudiar, que tienen un mal comportamiento y que crean graves problemas de disciplina. El concepto de atención a la diversidad comprende también a alumnos con carencias significativas debidas por ejemplo a una falta importante de base, a sufrir determinadas enfermedades físicas o psíquicas, a presentar una diferencia significativa en sus capacidades intelectuales o todo al mismo tiempo.
Que los alumnos quieran o no quieran estudiar no es una cuestión tan simple. Uno puede no querer cuando las cosas siempre le salen mal, cuando nadie le anima, cuando no encuentra algo atractivo o cuando le parece inútil lo que hace. Por eso, es fundamental el profesor y el tiempo que puede dedicar a cada uno de sus alumnos. Es mucho más sencillo así, hacerles ver que son capaces de resolver problemas, animarles a seguir intentándolo, buscar contenidos y formas que les resulten más atractivas o relacionar los contenidos con la práctica. Esta es en muchos casos la diferencia entre querer o no querer.
En cuanto al orden, el respeto y el rigor necesario en el aula estoy totalmente de acuerdo. Pero está más que comprobado que ese orden y respeto puede conseguirse de forma mucho más efectiva en una clase reducida que en una de veinticinco alumnos.
La atención a la diversidad no es un concepto abstracto y difuso, sino muy concreto: adaptar los contenidos y la atención a las circunstancias individuales de cada alumno. Que debiera valorarse su eficacia de la forma más objetiva posible, totalmente de acuerdo. Pero ya que esa valoración no existe o la desconocemos, ¿cómo se puede afirmar de forma tajante su inoperancia con respecto a los alumnos? A mi la experiencia me dice justamente lo contrario.
Que es más costosa una clase de 12 ó 15 alumnos que una de 25, claro. También es más costoso un médico por cada 10.000 habitantes que uno por cada 100.000. La cuestión es ahorrar en los temas más innecesarios o donde sea más reducido el impacto del ahorro.
¿Realmente es la atención a la diversidad una medida tan inoperante, un recurso sin aspectos positivos?, ¿o se está preparando el camino para que pensemos que es un gasto inútil, y que por tanto no pasa nada por suprimirlo?

sábado, 10 de septiembre de 2011

EDUCACIÓN DE CALIDAD.


Ya comenzada la crisis económica el puente de una localidad, único acceso posible, fue arrastrado por una riada. Su reconstrucción suponía un considerable aumento en los ya ajustados presupuestos, por lo que decidieron acometer la imprescindible obra abaratando al máximo los costes. Para evitar las protestas vecinales, al responsable político se le ocurrió abaratar en lo que menos se veía, manteniendo al mismo tiempo el aspecto de una buena construcción: hicieron el puente con los mínimos cimientos. Ese año los presupuestos no se vieron excesivamente afectados, los vecinos quedaron contentos; al año siguiente se cayó el puente, pero ya gobernaba otro partido.
Esta situación absurda –supongo- en el terreno de las obras públicas, es la política que se aplica en el terreno de la educación.
En cuestiones puramente económicas, se está reduciendo y poniendo límite al endeudamiento del Estado para no hipotecar el futuro. Pero al mismo tiempo se está hipotecando el futuro si la formación que se da a los jóvenes no es una formación de calidad y no constituye unos cimientos consistentes; ya que sólo una alta cualificación profesional nos hará competitivos, nos permitirá superar la crisis cuanto antes y nos hará capaces de situarnos con dignidad en el mapa económico que surgirá tras ella.
El debate sobre las horas lectivas ha vuelto a poner sobre la mesa el asunto de la calidad de la enseñanza, al mismo tiempo que ha planteado también otros temas de corte laboral.
En el ámbito laboral, la reducción de plantillas con su consiguiente reducción en la contratación de interinos, es un tema importante tanto desde un punto de vista personal como sindical. Pero desde un punto de vista más global, la cuestión de una educación de calidad debe centrar nuestra atención.
Si se abre y se mantiene este debate como un problema por una hora lectiva me parece una manipulación o un error. Manipulación por parte de quien quiere trasmitir a la opinión pública la idea de que trabajamos unas pocas horas a la semana y error, porque el aumento de horas de clase por sí solas no son tan significativas, a no ser  -como es- que sea la gota que colma un vaso ya colmado hace tiempo.
En el primer tema hay que recordar o informar que la jornada laboral de un profesor es la misma que la de cualquier funcionario y que en su horario de trabajo, además de las horas lectivas también prepara esas clases, corrige, atiende a padres, se reúne en evaluaciones, con el resto de tutores, adapta currículos, etc.
En cuanto al segundo, es verdad que el aumento de horas lectivas afecta al tiempo que puede dedicarse a cada alumno y a las medidas de atención específicas, pero creo que la repercusión de una o dos horas no es tan grave y que hay que entender las reacciones que ha provocado desde un punto de vista mucho más amplio: las diversas circunstancias de muy variada índole que vienen mermando desde hace tiempo la calidad educativa al no proporcionar los recursos necesarios para afrontarlas y la situación general del profesorado.
La vida de los centros se ha ido haciendo cada vez más compleja, al profesor se le han ido exigiendo más funciones, funciones para las que no estaba preparado y funciones para las que tampoco ha tenido demasiadas ayudas ni alicientes. La escuela ha tenido que asumir buena parte del papel que ejercían las familias al mismo tiempo que frecuentemente, el profesor se ha convertido en “el malo” frente a alumnos sancionados y apoyados por sus padres. Desarrolla un papel integrador acogiendo a alumnos de múltiples nacionalidades. Atiende alumnos escolarizados hasta los 16 años pero sin ningún interés por aprender. Trabaja temas transversales relacionados con valores, educación vial, sexual, etc.
Pero al mismo tiempo que no se le ha dotado de los recursos necesarios para llevar a cabo las nuevas demandas, ha perdido su reconocimiento social para educar, buena parte de su trabajo como educador se ha convertido en trabajo como “guardador”,  en demasiadas ocasiones le resulta prácticamente imposible explicar, muchas veces se ha visto impotente ante su trabajo, se siente maltratado por unas normas que igualan el valor de su palabra a la de un niño o a la de un adolescente...
Y para rematar: menos sueldo, más alumnos y más horas.
De todo hay en la viña del Señor, pero creo que para el profesorado el tema de las horas lectivas es mucho más que el problema de añadir una hora lectiva (dos o tres). Lo que late en el fondo es mucho más profundo e importante. Creo que no me arriesgo demasiado si afirmo que los docentes asumirían con gusto más horas lectivas a cambio de unas condiciones que les permitieran desarrollar su trabajo en unas condiciones adecuadas, en unas condiciones que repercutirían directamente en una educación de calidad. 

martes, 16 de agosto de 2011

EL SÍNDROME. ¡Ya es adolescente!

Tengo un amigo preocupado que me consulta sobre una extraña patología que está sufriendo. De forma variable y sucesiva se siente fracasado, irascible, olvidado, culpable, frustrado... confuso en sus sentimientos: a veces quiere y a veces quiere echarse a correr, a veces necesita y a veces desearía no necesitar nada.

Está especialmente alarmado porque cree que es una enfermedad contagiosa, su mujer presenta los mismos síntomas. Además, esta situación repercute de forma también confusa en la pareja: unas veces les une y otras les distancia.

Han acudido a diversos especialistas, y ninguno ha sabido darles una respuesta.

Movido por la curiosidad y también –por qué no decirlo- por el miedo a un posible contagio, he buscado información entre familiares y amigos, he buscado en Internet y he acudido a algún médico. Después de intentarlo por varios caminos y combinando aportaciones de unos y otros, hemos sido capaces de dar con el síndrome.

Realmente es una afección larga, puede dejar secuelas, es difícil saber afrontarla y se va gestando de forma oculta.

Los síntomas de su presencia comienzan antes en las mujeres que en los hombres. En las mujeres lo hace normalmente en forma de vómitos y malestar general; posteriormente, hombres y mujeres comienzan a sufrir falta de sueño y una satisfacción fuera de lo normal. Son sus primeros indicios.

Tras un período de latencia, sin aviso previo y después de unos once o doce años de sus primeras señales, se manifiesta de forma virulenta. En los tratados más especializados llaman a estesíndrome, el síndrome “ya es adolescente”.

Es un síndrome complejo, sus síntomas varían en función del agente que lo causa y de los adultos que lo sufren. Es pasajero pero se hace demasiado largo, es inevitable pero se acaba superando. De cualquier forma, casi todos los casos muestran aspectos comunes.

Aunque los síntomas no siguen un orden establecido y a veces se dan varios al mismo tiempo, suelen comenzar con un hecho inesperado que provoca el síntoma llamado “estas empezando a ser un desconocido”. En este momento más o menos, comenzamos a repetir las cosas una infinidad de veces, sin que esa repetición tenga ninguna consecuencia: es el síntoma “el padre que hablaba con las paredes”. Y junto a esta alteración suele ir unida la de “¿solo en el mundo?” –uno, dos, tres... en función de las veces que padezcamos el síndrome-.

Conforme se va desarrollando, surgen diversas situaciones: llego tarde porque no pasaba el autobús; no es mío, se lo guardo a un amigo; me han echado de clase y no he hecho nada... situaciones que provocan el síntoma-duda existencial: “¿soy lo suficientemente tonto como para creérmelo?”.

En los peores momentos, cuando el síndrome “ya es adolescente” ataca con gran virulencia, surge el período autodestructivo: “¿Qué he hecho yo durante estos 12 años?. Yo que he aplicado la medicina preventiva y le enseñé a ser educado, a planificarse en los estudios, a doblar camisetas y el valor de la familia. Incluso le enseñé como se abría el lavaplatos y dónde estaba el cubo de la ropa sucia, ¿qué queda de todo eso? ¿en qué me he equivocado?.

Durante esta sintomatología se va pasando por sucesivas fases. De “anda recoge tu cuarto”, se pasa a la fase llamada “por mis santas narices que lo haces”, fase que a veces –aunque no siempre lo reconozcamos- acaba en “tiro la toalla ¡haz lo que te de la gana!” Y, en las situaciones más difíciles, nos quedamos en el sofá sufriendo el momento “¿qué pecado he cometido?"

Dicen los expertos que puede ser leve o grave, que -aunque a veces lo parezca- no es mortal, que no es crónico aunque últimamente se alarga cada vez más y que la mejor forma de afrontarlo, es una buena dosis de paciencia”.

jueves, 31 de marzo de 2011

TITULACIÓN MÁS APTITUDES.

Me decía un empresario que cualquier titulado en ingeniería, independientemente de las notas de su expediente, era capaz de aprender en seis meses todo los conocimientos y técnicas necesarias para realizar su trabajo. Sin embargo otros temas muy importantes en la cualificación para su puesto, ni eran temas específicos de sus estudios ni él los podía enseñar: capacidad para aceptar críticas, para trabajar en grupo, para mantener un buen ambiente con sus compañeros, para tener interés por aprender...

Y es que, la nueva empresa tiene nuevas exigencias; exigencias que no forman parte del clásico temario ni de las tradicionales materias. La última reforma universitaria pretende responder a estas exigencias e intenta inculcar y desarrollar estas capacidades; pero no es suficiente. Además de su aspecto académico, son necesarias unas determinadas aptitudes que va más allá de materias y cursos

Ser una persona curiosa e interesada por saber, no estar encerrada en su medio ambiente inmediato sino abierta al resto del mundo, tener capacidad de adaptación a diversas situaciones y personas, capacidad para decidir por uno mismo y para asumir sus decisiones, para arriesgarse por conseguir nuevas metas. Ser flexible en sus planteamientos y capaz de mantener una actitud crítica con los demás y consigo mismo. Ser capaz de mantener un equilibrio emocional -no cuestionarse como persona cuando cuestionan sus ideas-, tener un concepto ajustado de sí mismo. Tener capacidad para aprender no sólo de las experiencias propias sino también de las experiencias de los demás. Expresarse con claridad, saber argumentar para exponer sus ideas... Son todas ellas cualidades que responden a las exigencias de la nueva empresa.

Una persona curiosa e interesada, querrá estar al día de todos los aspectos de su trabajo: formación continua. No cerrada en su medio, verá soluciones y oportunidades más allá de lo inmediato: soluciones eficaces. Capaz de adaptarse a nuevas situaciones y personas, será capaz de trabajar en coordinación con individuos de otras culturas y por tanto con otros comportamientos y principios: internacionalización de la producción. Si es capaz de decidir, de asumir sus decisiones y de arriesgarse; será también capaz de asumir responsabilidades y de tomar iniciativas: contribuirá con nuevas ideas, innovará en el ámbito de su trabajo, será resolutivo. Flexible y crítico, será capaz de colaborar con un grupo y de aceptar las ideas ajenas: trabajo en equipo. Equilibrado emocionalmente, no se verá afectado por cuestiones intrascendentes y mantendrá su estado anímico en situaciones de estrés: buena relación con los compañeros. Capaz de aprender de la experiencia propia y de la de los demás, aportará progresos continuos: no estancamiento. Su capacidad de expresión, significa también capacidad de comunicación: facilitará el trabajo en equipo y la imagen externa de la empresa si corresponde a sus funciones.

Pero esta nueva empresa que pide a sus trabajadores una formación integral: técnica y aptitudinal; debería ser también una nueva empresa en su relación con las personas que trabajan en ella. El concepto de calidad no sólo debiera utilizarlo para hablar de sus productos o de su funcionamiento, sino también – y aunque sólo sea por el beneficio económico-, de la relación con sus empleados que como personas, no mantienen en el vacío estas cualidades ahora exigidas: iniciativa, interés, resolución... Todas estas aptitudes irán decayendo en la medida que sus protagonistas se sientan números prescindibles y no encuentren una contrapartida más allá del mínimo exigible, en la medida que no sean realmente, parte de la empresa.

miércoles, 23 de marzo de 2011

PADRES E HIJOS, ¿HABLAMOS?

El paso de la “educación ordeno y mando” a la educación “todos somos iguales” ha supuesto un desprestigio del concepto de “diálogo”, ya que esta práctica se ha relacionado con la falta del ejercicio de la autoridad, del coleguismo y de ese igualitarismo antieducativo en el que la diferencia entra padre e hijo ha desaparecido o incluso se ha invertido: el padre propone y el hijo dispone.

Por eso, quienes relacionan dialogar con no ejercer la autoridad, con dar demasiadas alas, con renunciar a ejercer la paternidad, rechazan automáticamente la propuesta de establecer un diálogo entre educadores y educados. Pero casi todo en su justa medida puede ser positivo.

Por supuesto, no podemos dejar de ejercer nuestro papel de educadores; pero si basamos la educación en imponernos por nuestra posición de superioridad o chantajear con te compro o no te compro, las consecuencias a medio plazo son más negativas que positivas. Esto no quiere decir que haya momentos en los que imponernos o premiar no sea positivo y necesario; lo que quiere decir es –sobre todo cuando van creciendo- que imponer o premiar no puede ser la base de la educación, porque el fin de todo este proceso es formar adultos libres y responsables, no adultos dependientes del chantaje o la pura coacción.

Si utilizamos nuestra posición de autoridad nos funcionará mientras nuestros hijos sean pequeños; pero si la aplicamos con demasiada frecuencia, cuando vayan creciendo se irán apartando de nosotros, perdiendo la confianza, viendo más a un opositor que a un padre.

Si abusamos del chantaje iremos ascendiendo progresivamente en la escala de premios hasta que nos demos cuenta o no podamos asumir sus demandas; con lo cual su comportamiento se nos escapará completamente de las manos y, lo que es más grave, serán incapaces de tomar decisiones correctas porque nunca han juzgado lo positivo o negativo basándose en razones, sino en el premio que iban a conseguir.

El diálogo bien entendido no consiste en ceder ante todo, sino en escuchar a nuestros hijos y en explicar las decisiones que tomamos los padres. Porque enseñar no es solo mandar, orientar no es solo reprimir y formar no es lo mismo que crear autómatas.

¿Cuándo comenzamos a dialogar? Un niño pequeño no es capaz de entender que ese jarabe horrible que le damos se lo tenga que tomar por su bien, pero tampoco tenemos que infravalorar su capacidad de comprensión.

Aunque esas razones no cambien todavía su comportamiento, conforme van creciendo y les vamos enseñando la diferencia entre lo bueno y lo malo, se van acostumbrando a escuchar argumentos y no sólo imposiciones, van siendo capaces de entender por qué hacemos una cosa y no otra;. Este proceso se desarrollará progresivamente desde la infancia hasta la madurez.

Pero no podemos olvidar que para dialogar hace falta saber de qué se habla, que los que participan en el diálogo se respeten y que además de hablar, escuchen.Una de las razones por las que la práctica del diálogo perdió su valor, fue por ser tomada erróneamente como la libre expresión de las ideas de hijos o alumnos pensando que sus ideas tenían el mismo valor que las de sus padres o profesores. Pero una cosa es comentar, conversar, criticar, preguntar sobre un tema del que mínimamente se sabe algo; y otra pensar que esos comentarios o críticas tienen el mismo valor cuando los hace un niño que cuando los hace un padre.

Dialogar exige ponernos en el lugar del otro para darles nuestras razones de forma adecuada a su edad y a su punto de vista. Cuando nuestros hijos van creciendo el diálogo se nos va complicando, porque dialogar no consiste solo en explicarnos, sino también en ser capaces de ceder ante sus argumentos.

Por otra parte, escuchar a nuestro hijo evita que acabemos conviviendo con un estraño.